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martes, 13 de marzo de 2012
martes, 11 de octubre de 2011
Las batallas del Cardenal
Al derecho y al revés un blog de Óscar del Valle
Las batallas del Cardenal
por Óscar del Valle
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Email: oscardelvalle88@yahoo.com.pe
Site: http://lamula.pe/members/oscardelvalle/About: See Authors Posts (2) el 10. oct, 2011 en Sin categoría
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(Artículo publicado en Revista Ideele – Octubre de 2011)
Por: Oscar Del Valle
Por: Oscar Del Valle
Para entender el conflicto entre el Arzobispado de Lima y la PUCP se debe tomar en cuenta, en primer lugar, que la discusión no es con la Iglesia, ni contra la religión católica. El Arzobispado es una arquidiócesis, es decir, una jurisdicción en la cual el Arzobispo de Lima, en este caso monseñor Cipriani, es llamado a actuar. Es frente al Arzobispado que se plantea esta disputa.
En ese sentido y en segundo lugar, es necesario precisar que la PUCP siempre ha difundido la fe católica: cuenta con el CAPU, un centro de asesoría pastoral, clases obligatorias de Teología en Estudios Generales y se celebra misa todos los días, a la que cualquier alumno puede ir.
En tercer lugar, se debe aclarar que hay dos niveles de temas que deben ser tratados por cuerdas separadas. El primero concierne a la herencia de don José de la Riva Agüero y la pertenencia de sus bienes. El segundo, a de la propuesta de reforma de los estatutos de la PUCP por el Vaticano.
Los testamentos y la herencia
A su muerte, Riva Agüero dejó cuatro testamentos. Un principio del derecho de sucesiones indica que un testamento posterior no anula uno anterior, salvo que se señale expresamente. El primero de ellos, de 1935, enuncia textualmente:
“Instituyo por mi heredera a la Universidad Católica del Perú, la que tendrá el usufructo de mis bienes recibiendo sus productos de la junta administradora; y los adquirirá en propiedad absoluta dicha Universidad Católica del Perú, entregándoselos la junta administradora, solo si la Universidad Católica existiera el vigésimo año contando desde el día de mi fallecimiento” (cursivas nuestras).
Queda claro entonces que la Universidad, al haber cumplido con la condición de perdurar por 20 años, pasa a ser propietaria absoluta de dichos bienes. Para defender su postura, el Arzobispado toma como referencia el testamento de 1938, que no anula el anterior, e interpreta el siguiente enunciado a su favor:
“Para el sostenimiento de la Universidad Católica de Lima, a la que instituyo por principal heredera, y para los demás encargos, legados y mandas, que en mis testamentos cerrados establezco, pongo como en condición insubstituible y nombro como administradora perpetua de mis bienes, una junta que será al propio tiempo la de mi albaceazgo mancomunado por indeterminado plazo” (cursivas nuestras).
De ambos testamentos se puede seguir infiriendo que la Universidad Católica es la principal heredera. ¿Y cómo resolver el asunto de la administración perpetua? Primero habría que especificar que la interpretación de los testamentos, si bien se basa en lo declarado, pues sería difícil desentrañar la voluntad interna del declarante, sí debe tomar en cuenta las características personales del causante, José de la Riva Agüero. Si anotamos que éste era un jurista, doctorado, ex Ministro de Justicia y Decano del Colegio de Abogados, se asume que sabía perfectamente lo que estaba escribiendo en sus testamentos.
Muy difícil resulta creer entonces que Riva Agüero pretendiera que la junta administradora y albaceazgo al mismo tiempo, fuera perpetua, siendo los albaceas por naturaleza de carácter temporal. El hecho de que recibiera como nombre “junta administradora” no le quita su condición de albacea, pues en derecho las cosas se entienden por la naturaleza y características de su función, no así por el nombre que se les pone. Revelaría un gran desconocimiento del Derecho, además, que Riva Agüero transfiera la propiedad de manera absoluta a la Universidad y pretenda que la administre una junta perpetua, pues, si existe un derecho perpetuo y que además cuenta con los mayores niveles de protección jurídica, éste es el derecho a la propiedad. Por lo tanto, dado que la finalidad última de la herencia es la transmisión de la propiedad, la temporalidad de la junta es lógica y coherente.
Sea como fuere, Riva Agüero falleció en 1944. Veinte años después, en 1964, la PUCP siguió existiendo como universidad y recibió en herencia la propiedad absoluta de sus bienes. Éstos fueron inscritos en Registros Públicos a nombre de la Universidad. Sin embargo, debido a cuestiones prácticas administrativas, la junta no fue disuelta, cuestión que no cambia las cosas ni el destino de sus bienes. Llegado el año 1994 se propone disolver la junta mediante un acuerdo en el que participan sus miembros, entre los cuales figuraban Salomón Lerner Febres, rector de la PUCP, y el doctor Carlos Valderrama Adrianzén, en ese entonces representante del Arzobispo de Lima.
Es en el año 1999, cuando monseñor Cipriani es nombrado Arzobispo de Lima, que las relaciones entre la PUCP y el Arzobispado empiezan a deteriorarse. Cipriani se niega desde ese momento a reconocer a los rectores de la Universidad, situación que nunca antes se había dado. A raíz de un reclamo por la compra-venta de un inmueble se da cuenta de que alguna vez el Arzobispado tuvo participación en aquella junta administradora y, siendo que la Universidad maneja cuantiosas sumas de dinero, el cardenal Cipriani no pierde la oportunidad de tentar una posibilidad para hacerse de él.
Así, en el año 2006 la PUCP recibe una carta del Arzobispado, quien pone en su conocimiento que ha designado a Walter Muñoz Cho como miembro de la junta (ya disuelta desde 1994 con la firma del representante del Arzobispado) para poder administrar sus bienes, amparando su solicitud en el carácter de “perpetuidad” y en la nulidad del acuerdo de 1994. Walter Muñoz Cho ya había sido identificado, pues él mismo intervino el Colegio de Santo Toribio, también por encargo del Arzobispado, y lo llevó a la quiebra por malos e irregulares manejos administrativos. Asimismo, pide que se le informe sobre los estados financieros y compra-ventas realizadas por la Universidad desde ese año, así como una serie de exigencias que excedían sus facultades y comprometían derechos constitucionales de la Universidad.
La Universidad recurre al Tribunal Constitucional a través de una acción de amparo al ver que su derecho a la autonomía, regulado en el artículo 18.° de la Constitución, estaría siendo violentado por una intromisión externa. En una escandalosa sentencia, el Tribunal desestima la pretensión de la PUCP. Hay razones para creer que el gobierno de turno habría influido en el resultado de esta sentencia, siendo que el presidente García es gran amigo del canciller Cipriani y que 4 de los 5 miembros que conformaban el Tribunal Constitucional estaban ligados al aprismo, al punto que su Presidente tenía carné del partido. Por supuesto, nada de esto se ha podido confirmar, pero ahí están los datos, flotando en el aire.
Es importante decir que la desestimación del amparo por el TC no significa que la PUCP haya perdido el juicio de los bienes. Lo único que le ha sido denegado es la protección a un derecho constitucional que la PUCP exigió. Sin embargo, el juicio por los bienes de Riva Agüero, que es el tema de fondo, aún está en una etapa inicial.
El otro frente de ataque
Llegaron las elecciones presidenciales y Keiko Fujimori perdió. Los sueños del cardenal Cipriani de apropiarse de la PUCP se fueron por la borda, pues ni Rafael Rey, miembro del Opus Dei, ni Keiko, hija de su gran amigo Alberto Fujimori, ocuparían el poder. Fue el fujimorismo la época dorada de Cipriani. Fujimori, muy cercano a él, le otorgó grandes comodidades, como autorizarle, a través del decreto supremo 146-91-EF, un sueldo equivalente al 100% del monto único de remuneraciones total de un Ministro de Estado. Mientras no se presente un decreto supremo que anule éste, asumimos que todos los peruanos, católicos o no, le pagamos un sueldo de ministro al cardenal Cipriani.
La pérdida de poder a nivel nacional llevó a Cipriani a buscarlo en el extranjero. El Vaticano, donde el Cardenal tiene muchas conexiones, por supuesto sería una fuerza mediática importante y con autoridad suficiente para convencer a una audiencia peruana, en su mayoría católica.
Éste, sin embargo, es un tema distinto del de los testamentos, pero que el cardenal Cipriani ha juntado audazmente para conseguir sus objetivos. En este escenario llega el documento de la Santa Sede en el que se propone una modificación de estatutos por parte de la Universidad. Entre estos cambios se indicaba la manera en que debía elegirse al Rector. Según el documento, la Asamblea Universitaria, órgano máximo de dicha institución, debía presentar una terna al Gran Canciller Cipriani y éste debía elegir a la autoridad.
La PUCP rechaza esta posibilidad sustentando su incompatibilidad con el ordenamiento jurídico interno. Muchas universidades pontificias y católicas en el mundo dependen de la autoridad eclesial del Vaticano porque fueron creadas desde su origen por la Santa Sede; sin embargo, la Universidad Católica es una universidad de derecho privado, creada por resolución suprema del Ministerio de Justicia en 1917 y fundada por un grupo de laicos y el padre Dintilhac, su primer Rector.
De lo que se colige que la autonomía de la Universidad se encuentra protegida por el artículo 18.° de la Constitución Política del Perú, que indica: “Cada universidad es autónoma en su régimen normativo, de gobierno, académico, administrativo y económico. Las universidades se rigen por sus propios estatutos en el marco de la Constitución y de las leyes”. Asimismo, en 1983 el Estado peruano promulga la Ley Universitaria (23733), por la que da a las universidades autonomía académica, económica, normativa y administrativa. La PUCP promulga un nuevo estatuto acorde con la Ley Universitaria vigente y ratifica el derecho del Episcopado Nacional a participar en la vida de la Universidad por medio del Gran Canciller en la Asamblea, mas no de cederle su autonomía.
Finalmente, las autoridades de la Universidad deciden llevar la propuesta de la Santa Sede ante la Asamblea Universitaria, para que decida si se modifican, se modifican en parte o no se modifican sus estatutos. La respuesta de la PUCP es un no contundente.
¿A la espera de una próxima batalla?
Sea conformando parte de una junta ya disuelta para tener injerencia en la administración de bienes (frente 1), sea interviniendo como Gran Canciller en la designación de un Rector que responda a sus intereses (frente 2), lo que en el fondo quiere el cardenal Cipriani es tener la Universidad Católica a su disposición.
Sus intereses son varios. El más evidente es el económico, pues tener a su disposición el patrimonio de la Universidad, que asciende a 250 millones de dólares, no es poca cosa. Uno más artero, sin embargo, es el objetivo político. La Universidad Católica ha forjado en sus aulas a muchas personas que se han encargado de dirigir los rumbos del país y que van desde Dionisio Romero hasta Javier Pérez de Cuéllar. Bajo esta lógica, tener a disposición los recursos de la Universidad otorga a uno la posibilidad de abrir y cerrar carreras, contratar y despedir a profesores, financiar o dejar de financiar proyectos, crear o romper redes institucionales, etcétera.
Las intenciones del cardenal Cipriani son muy claras, entonces. Un conservador de ultraderecha, con ideas como las que plantea el Opus Dei y con un desprecio por los derechos humanos, sería trágico para una universidad que se caracteriza por fomentar el debate, defender el pluralismo de ideas y alentar la investigación sin censuras. Esto no la vuelve menos católica, por supuesto, pero el Cardenal sabe cómo hacerse la víctima y a quiénes recurrir para poner a la opinión pública de su lado. ¿Cuántas batallas más estará dispuesto a luchar?
sábado, 17 de septiembre de 2011
Sinesio López: Cipriani es un rudo político de derecha y cree que su palabra es ley
Sinesio López: Cipriani es un rudo político de derecha y cree que su palabra es ley
Sáb, 17/09/2011 - 08:57

"Cipriani es un político reaccionario y un decisionista de derecha. Cree que la PUCP vive una situación de excepción (de caos, de confusión, de desorden y de influencias demoníacas) y que sólo puede ser salvada por una decisión política que imponga un nuevo orden legal, académico y administrativo: el del Opus Dei", escribe esta mañana Sinesio López sobre el cardenal Juan Luis Cipriani.
Pucp, el problema de fondo
Por Sinesio López La controversia entre el cardenal Cipriani y la PUCP no versa sobre un asunto religioso, aunque tiene una arista religiosa. Tampoco es un problema principalmente jurídico sobre la propiedad de los bienes de la PUCP, aunque tiene un lado legal y se desarrolla en ese campo. No es, desde luego, un problema académico, aunque puede verse también desde ese ángulo.
A mi juicio, el problema de fondo es político y puede ser resumido con crudeza de la siguiente manera: Con el pretexto de reivindicar el correcto uso de la herencia dejada por Riva Agüero a la PUCP, Cipriani pretende apropiarse de todos los bienes de la PUCP (incluidos los que ésta adquirió con el producto del trabajo de varias generaciones que laboraron en ella) con la finalidad de expulsar de sus aulas a todos los que no piensan como él (incluidos los católicos que no son conservadores) y llenarlas con las huestes del Opus Dei y sus socios ultramontanos.
Para lograr este objetivo, Cipriani hizo un acuerdo bajo la mesa con el ex presidente García y con algunos dirigentes apristas con la finalidad precisa de presionar al Tribunal Constitucional (TC) y de influir en los jueces que tenían en sus manos el conflicto legal. El resultado previsible no se dejó esperar. Cipriani obtuvo un triunfo parcial y parcializado, como lo dije en su momento. Ahora lo esgrime para sostener que los tribunales le han dado la razón. Es cierto: se la han dado sin tenerla, por presión de García y compañía. El runrún de entonces era que alguno de los integrantes del TC modificó el sentido de su voto a cambio de permanecer más tiempo en su puesto. Este es un tema que amerita una investigación por el actual Congreso.
Para desgracia de Cipriani, su candidata favorita perdió las elecciones generales de este año, el nuevo gobierno mantiene la neutralidad en este conflicto y se espera que los jueces decidan sin presiones de ningún tipo. En esas condiciones políticas desfavorables, Cipriani acude al Vaticano y a los órganos eclesiales que tienen que ver con la educación católica para que le saquen las castañas del fuego.
Estas instancias eclesiales pretenden obligar a la comunidad universitaria de la PUCP a cambiar la elección de las autoridades para que Cipriani entre por la puerta grande. El próximo 23 la Asamblea Universitaria de la PUCP decidirá en forma democrática si entrega la universidad al Opus Dei o mantiene una universidad libre y pluralista en la que es posible combinar la autoridad de la fe con la crítica de la razón como en la mejor tradición de la escolástica de Tomás de Aquino.
Cipriani es un político reaccionario y un decisionista de derecha. Cree que la PUCP vive una situación de excepción (de caos, de confusión, de desorden y de influencias demoníacas) y que sólo puede ser salvada por una decisión política que imponga un nuevo orden legal, académico y administrativo: el del Opus Dei. Es fundamentalista, pues fusiona la política con la religión. Cuando habla en RPP cree que está en el púlpito y que su palabra es la ley. Es un político duro y rudo, apoyado por la ultraderecha política y mediática. Sus adversarios de la PUCP, en cambio, son gente bien educada, democrática, de buenos modales, tolerante, que confía en la justicia y que mantiene el conflicto, a mi juicio erróneamente, en el ámbito puramente legal.
El Concilio Vaticano II permitió el tránsito de lo que Habermas ha llamado la publicidad representativa a la publicidad moderna basada en el diálogo y en “el uso público de la razón” (Kant). Actualmente la Iglesia Católica ya no debiera tener solo fieles (sometidos a la autoridad de la fe) sino una combinación de públicos y fieles como producto del diálogo entre la razón y la fe. Me pregunto si ha llegado ya la hora de decirle a Cipriani lo que el brillante monje Marsilio de Padua le dijo al Papa en 1324 en su famosa obra Defensor Pacis: “Ud. dedíquese a llevar almas al cielo y deje que la sociedad civil resuelva sus necesidades materiales mediante la producción y la distribución”.
"Cipriani es un político reaccionario y un decisionista de derecha. Cree que la PUCP vive una situación de excepción (de caos, de confusión, de desorden y de influencias demoníacas) y que sólo puede ser salvada por una decisión política que imponga un nuevo orden legal, académico y administrativo: el del Opus Dei", escribe esta mañana Sinesio López sobre el cardenal Juan Luis Cipriani.
Pucp, el problema de fondo
Por Sinesio López La controversia entre el cardenal Cipriani y la PUCP no versa sobre un asunto religioso, aunque tiene una arista religiosa. Tampoco es un problema principalmente jurídico sobre la propiedad de los bienes de la PUCP, aunque tiene un lado legal y se desarrolla en ese campo. No es, desde luego, un problema académico, aunque puede verse también desde ese ángulo.
A mi juicio, el problema de fondo es político y puede ser resumido con crudeza de la siguiente manera: Con el pretexto de reivindicar el correcto uso de la herencia dejada por Riva Agüero a la PUCP, Cipriani pretende apropiarse de todos los bienes de la PUCP (incluidos los que ésta adquirió con el producto del trabajo de varias generaciones que laboraron en ella) con la finalidad de expulsar de sus aulas a todos los que no piensan como él (incluidos los católicos que no son conservadores) y llenarlas con las huestes del Opus Dei y sus socios ultramontanos.
Para lograr este objetivo, Cipriani hizo un acuerdo bajo la mesa con el ex presidente García y con algunos dirigentes apristas con la finalidad precisa de presionar al Tribunal Constitucional (TC) y de influir en los jueces que tenían en sus manos el conflicto legal. El resultado previsible no se dejó esperar. Cipriani obtuvo un triunfo parcial y parcializado, como lo dije en su momento. Ahora lo esgrime para sostener que los tribunales le han dado la razón. Es cierto: se la han dado sin tenerla, por presión de García y compañía. El runrún de entonces era que alguno de los integrantes del TC modificó el sentido de su voto a cambio de permanecer más tiempo en su puesto. Este es un tema que amerita una investigación por el actual Congreso.
Para desgracia de Cipriani, su candidata favorita perdió las elecciones generales de este año, el nuevo gobierno mantiene la neutralidad en este conflicto y se espera que los jueces decidan sin presiones de ningún tipo. En esas condiciones políticas desfavorables, Cipriani acude al Vaticano y a los órganos eclesiales que tienen que ver con la educación católica para que le saquen las castañas del fuego.
Estas instancias eclesiales pretenden obligar a la comunidad universitaria de la PUCP a cambiar la elección de las autoridades para que Cipriani entre por la puerta grande. El próximo 23 la Asamblea Universitaria de la PUCP decidirá en forma democrática si entrega la universidad al Opus Dei o mantiene una universidad libre y pluralista en la que es posible combinar la autoridad de la fe con la crítica de la razón como en la mejor tradición de la escolástica de Tomás de Aquino.
Cipriani es un político reaccionario y un decisionista de derecha. Cree que la PUCP vive una situación de excepción (de caos, de confusión, de desorden y de influencias demoníacas) y que sólo puede ser salvada por una decisión política que imponga un nuevo orden legal, académico y administrativo: el del Opus Dei. Es fundamentalista, pues fusiona la política con la religión. Cuando habla en RPP cree que está en el púlpito y que su palabra es la ley. Es un político duro y rudo, apoyado por la ultraderecha política y mediática. Sus adversarios de la PUCP, en cambio, son gente bien educada, democrática, de buenos modales, tolerante, que confía en la justicia y que mantiene el conflicto, a mi juicio erróneamente, en el ámbito puramente legal.
El Concilio Vaticano II permitió el tránsito de lo que Habermas ha llamado la publicidad representativa a la publicidad moderna basada en el diálogo y en “el uso público de la razón” (Kant). Actualmente la Iglesia Católica ya no debiera tener solo fieles (sometidos a la autoridad de la fe) sino una combinación de públicos y fieles como producto del diálogo entre la razón y la fe. Me pregunto si ha llegado ya la hora de decirle a Cipriani lo que el brillante monje Marsilio de Padua le dijo al Papa en 1324 en su famosa obra Defensor Pacis: “Ud. dedíquese a llevar almas al cielo y deje que la sociedad civil resuelva sus necesidades materiales mediante la producción y la distribución”.
miércoles, 14 de septiembre de 2011
Los derechos y el derecho de la PUCP (*)
Los derechos y el derecho de la PUCP (*)
Diario La Repùblica del 14-09-2011
Por Alonso Cueto
Hace algunas décadas, en el Perú, la intolerancia era un asunto de la izquierda, que blandía sus dogmas como si fueran las verdades científicas que Mariátegui y Marx habían preconizado. Todo aquel que se opusiera a esa visión era considerado reaccionario, atrasado, limitado. El punto extremo de ese viraje dogmático hacia la ideología izquierdista ocurrió sin duda en los años sesenta y setenta, con algunos partidos políticos que luego desembocarían en el Partido Comunista del Perú, también llamado SL.
Hoy, después de los años del terrorismo y de sus horrores, cuando la economía liberal ha logrado algunos efectos positivos en la población, en cambio, la intolerancia se ha pasado al extremo de la derecha religiosa. Este proceso que se ha ido acentuando en los últimos años con la llegada al poder de figuras autoritarias e intransigentes como el cardenal Cipriani. La consolidación de un pensamiento extremista e intolerante se puede ver también en las páginas editoriales de algunos medios de comunicación y aparece con frecuencia en los blogs. La palabra “caviares” con la que pretenden descalificar a todo aquel que no piense como ellos es una de las muestras aberrantes. Hoy, en cambio, tenemos una izquierda mucho más abierta y dialogante que la de hace unos años, como lo han demostrado Susana Villarán y algunos miembros del actual gobierno.
El conflicto entre la PUCP y el arzobispo Cipriani es una de las consecuencias de la consolidación de este extremismo ideológico-religioso, que sin duda tiene un objetivo político en la búsqueda del poder. Los grupos religiosos que apoyan al Cardenal en esta gesta, empezando por el Opus Dei, han dado notorias muestras a lo largo de su vida de una visión intransigente y dogmática de la vida. En mi relación, a lo largo de los años, con personas y sacerdotes del Opus Dei solo he escuchado hablar de prohibiciones y consejos. Nunca he escuchado de ellos una idea o una interpretación interesante de algún texto. Para el Opus Dei hay autores malditos, entre ellos Umberto Eco (un sacerdote del Opus Dei me dijo hace un tiempo que era un “apóstata”), MVLL (otro sacerdote del Opus me dijo después de una conferencia que no debía mencionar “ese nombre”), García Márquez (otro autor “reservado” en las bibliotecas de las universidades del Opus), y, por supuesto, el Nobel José Saramago, entre muchos otros. Para los miembros del Opus Dei, según me dijo uno de ellos, hay algunos libros que pueden “hacer daño” a la mente juvenil, lo cual no es sino una muestra de la poca estima que tienen por la capacidad de los jóvenes a los que dicen proteger. En este contexto, su ideal de enseñanza es tener a un grupo de borregos a su servicio.
Todo esto va obviamente en contra de lo que es o debe ser una universidad. También en contra de lo que ha logrado ser la PUCP, donde los alumnos pueden leer cualquier libro, y pueden llevar su opinión sobre el autor a un salón de clase, para ser discutido abiertamente.
El conflicto entre la PUCP y el arzobispo Cipriani es una de las consecuencias de la consolidación de este extremismo ideológico-religioso, que sin duda tiene un objetivo político en la búsqueda del poder. En la prensa, algunas personas allegadas al Cardenal han acusado a la educación de la PUCP de “relativista” (no se entiende qué quiere decir) señalando seguramente que buscan una educación “absolutista”, al servicio de sus fines absolutos. Lo que está en juego en este conflicto es un modo de entender la vida y la convivencia con los demás: el derecho de discutir a cualquier autor que pueda parecer interesante no por sus ideas sino por la complejidad de su obra, la capacidad por el diálogo y la disidencia. La lectura que el Cardenal siempre ha hecho de la realidad (desde su famosa frase sobre los derechos humanos) está basada en el dominio de una autoridad estricta, con una visión del mundo estrecha y dogmática. Entre los DDHH que ignora están los de pensar e imaginar. No es casual que el Opus Dei, a diferencia de los otros grupos católicos, nunca haya producido a un pensador o un teólogo de cierto nivel. El padre Gustavo Gutiérrez, por citar un caso, es un sacerdote católico con una obra muy interesante y valiosa, en las antípodas en cuanto a complejidad e interés de la de cualquier allegado a lo que se llama la “Obra”.
El extremismo de Cipriani parte de una lectura falsa, artificial del ser humano, de la realidad social y de la misma religión. Sin embargo, el hecho de haberse arrogado la etiqueta de “Iglesia católica” por su posición, confunde a muchos fieles.
Logre o no destruir una universidad como la Católica que ha costado tanto esfuerzo pedagógico construir a lo largo de las décadas, que tiene a personas tan honestas y valiosas entre sus autoridades, ya puede decirse que la imagen pública de Cipriani ha quedado definida por la intransigencia, el apetito de poder y la estrechez. No son estas las virtudes de un católico o de un sacerdote, aunque sí las de un inquisidor. Su empeño puede llevar a la Iglesia a perder una universidad, aunque gane una guerra. Pero en su concepción de la vida, como para las antiguas izquierdas, las guerras siempre parecen haber sido lo más importante.
(*) Artículo publicado en la revista Ideele.
Hace algunas décadas, en el Perú, la intolerancia era un asunto de la izquierda, que blandía sus dogmas como si fueran las verdades científicas que Mariátegui y Marx habían preconizado. Todo aquel que se opusiera a esa visión era considerado reaccionario, atrasado, limitado. El punto extremo de ese viraje dogmático hacia la ideología izquierdista ocurrió sin duda en los años sesenta y setenta, con algunos partidos políticos que luego desembocarían en el Partido Comunista del Perú, también llamado SL.
Hoy, después de los años del terrorismo y de sus horrores, cuando la economía liberal ha logrado algunos efectos positivos en la población, en cambio, la intolerancia se ha pasado al extremo de la derecha religiosa. Este proceso que se ha ido acentuando en los últimos años con la llegada al poder de figuras autoritarias e intransigentes como el cardenal Cipriani. La consolidación de un pensamiento extremista e intolerante se puede ver también en las páginas editoriales de algunos medios de comunicación y aparece con frecuencia en los blogs. La palabra “caviares” con la que pretenden descalificar a todo aquel que no piense como ellos es una de las muestras aberrantes. Hoy, en cambio, tenemos una izquierda mucho más abierta y dialogante que la de hace unos años, como lo han demostrado Susana Villarán y algunos miembros del actual gobierno.
El conflicto entre la PUCP y el arzobispo Cipriani es una de las consecuencias de la consolidación de este extremismo ideológico-religioso, que sin duda tiene un objetivo político en la búsqueda del poder. Los grupos religiosos que apoyan al Cardenal en esta gesta, empezando por el Opus Dei, han dado notorias muestras a lo largo de su vida de una visión intransigente y dogmática de la vida. En mi relación, a lo largo de los años, con personas y sacerdotes del Opus Dei solo he escuchado hablar de prohibiciones y consejos. Nunca he escuchado de ellos una idea o una interpretación interesante de algún texto. Para el Opus Dei hay autores malditos, entre ellos Umberto Eco (un sacerdote del Opus Dei me dijo hace un tiempo que era un “apóstata”), MVLL (otro sacerdote del Opus me dijo después de una conferencia que no debía mencionar “ese nombre”), García Márquez (otro autor “reservado” en las bibliotecas de las universidades del Opus), y, por supuesto, el Nobel José Saramago, entre muchos otros. Para los miembros del Opus Dei, según me dijo uno de ellos, hay algunos libros que pueden “hacer daño” a la mente juvenil, lo cual no es sino una muestra de la poca estima que tienen por la capacidad de los jóvenes a los que dicen proteger. En este contexto, su ideal de enseñanza es tener a un grupo de borregos a su servicio.
Todo esto va obviamente en contra de lo que es o debe ser una universidad. También en contra de lo que ha logrado ser la PUCP, donde los alumnos pueden leer cualquier libro, y pueden llevar su opinión sobre el autor a un salón de clase, para ser discutido abiertamente.
El conflicto entre la PUCP y el arzobispo Cipriani es una de las consecuencias de la consolidación de este extremismo ideológico-religioso, que sin duda tiene un objetivo político en la búsqueda del poder. En la prensa, algunas personas allegadas al Cardenal han acusado a la educación de la PUCP de “relativista” (no se entiende qué quiere decir) señalando seguramente que buscan una educación “absolutista”, al servicio de sus fines absolutos. Lo que está en juego en este conflicto es un modo de entender la vida y la convivencia con los demás: el derecho de discutir a cualquier autor que pueda parecer interesante no por sus ideas sino por la complejidad de su obra, la capacidad por el diálogo y la disidencia. La lectura que el Cardenal siempre ha hecho de la realidad (desde su famosa frase sobre los derechos humanos) está basada en el dominio de una autoridad estricta, con una visión del mundo estrecha y dogmática. Entre los DDHH que ignora están los de pensar e imaginar. No es casual que el Opus Dei, a diferencia de los otros grupos católicos, nunca haya producido a un pensador o un teólogo de cierto nivel. El padre Gustavo Gutiérrez, por citar un caso, es un sacerdote católico con una obra muy interesante y valiosa, en las antípodas en cuanto a complejidad e interés de la de cualquier allegado a lo que se llama la “Obra”.
El extremismo de Cipriani parte de una lectura falsa, artificial del ser humano, de la realidad social y de la misma religión. Sin embargo, el hecho de haberse arrogado la etiqueta de “Iglesia católica” por su posición, confunde a muchos fieles.
Logre o no destruir una universidad como la Católica que ha costado tanto esfuerzo pedagógico construir a lo largo de las décadas, que tiene a personas tan honestas y valiosas entre sus autoridades, ya puede decirse que la imagen pública de Cipriani ha quedado definida por la intransigencia, el apetito de poder y la estrechez. No son estas las virtudes de un católico o de un sacerdote, aunque sí las de un inquisidor. Su empeño puede llevar a la Iglesia a perder una universidad, aunque gane una guerra. Pero en su concepción de la vida, como para las antiguas izquierdas, las guerras siempre parecen haber sido lo más importante.
(*) Artículo publicado en la revista Ideele.
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