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martes, 11 de octubre de 2011

Discriminación étnica se mantiene en el ámbito laboral

Discriminación étnica se mantiene en el ámbito laboral

Brecha de sueldos entre trabajadores andinos y no andinos llega al 53% en el 2009, según afirma una investigación de la Universidad del Pacífico
Martes 11 de octubre de 2011 - 08:24 am
Empresas peruanas
Para algunas empresas reclutar empleados se ha convertido en un cásting. (Foto: Archivo El Comercio)
DARWIN CRUZ FIESTAS
La buena presencia parece seguir siendo un requisito esencial para conseguir trabajo, pero este concepto de verse bien, encubre la negación de lo andino y preferir la piel y rasgos blancos. Mientras más caucásico se vea alguien, tendrá más oportunidades de conseguir trabajo en el Perú, sin importar cuán creativa, responsable o eficiente pueda ser una persona.
Esta es una de las conclusiones a las que ha llegado un grupo de profesores de la Universidad del Pacífico, quienes decidieron investigar a qué niveles llega la discriminación laboral en el país y, según los resultados, el Perú tiene mucho trabajo por hacer.
“Para empezar, el Perú debe internalizar que tiene una gran diversidad de etnias. Digo esto porque muchas veces una persona no es convocada a una entrevista de trabajo solo porque no tiene los patrones de la llamada belleza occidental”, dice Francisco Galarza, quien ha desarrollado la investigación titulada “Discriminación en el mercado laboral de Lima: Un análisis experimental”.
El experimento de Galarza consistió en enviar currículos para 2.228 puestos de trabajo, entre el 12 de junio del 2011 y el 21 de agosto de este mismo año, para cubrir plazas de técnicos en contabilidad, ingenieros –sobre todo de minas–, economistas y otras labores en las que no era necesario tener estudios superiores.
Un grupo de estos documentos pertenecían a personas con apellidos de origen extranjero acompañados de fotografías de gente con rasgos blancos. Mientras que un segundo paquete de currículos tenía apellidos e imágenes de personas con rasgos andinos muy marcados.
¿El resultado? Quienes más prefirieron convocar a personas con rasgos blancos fueron los empleadores que solicitaban trabajadores no calificados. Los segundos en discriminar a personas con rasgos andinos fueron los sectores que pedían profesionales calificados, mientras que en los técnicos no se observó algún tipo de discriminación.
“También hay algo en lo que se debe hacer hincapié. A la variable etnia se le debe sumar el género, y es aquí donde nos damos cuenta de que en el sector no calificado prefieren contratar a hombres. Esto es algo que debe ser solucionado, para que el desarrollo llegue a todos”, dice el investigador.
DIFERENCIA SALARIAL
El postular a un trabajo y ser aceptado es el primer filtro a la discriminación que todos deben pasar. El segundo tiene que ver con el sueldo. Según el profesor Gustavo Yamada, si damos una mirada general a este tema se puede afirmar que las personas de origen andino tienen un salario 50% menor que aquellos trabajadores no andinos. Sin embargo, refiere que hay que tener mucho cuidado con este dato. “Porque aquí está incluida la variable acceso a educación y ruralidad de las personas”, precisa.
En su investigación titulada “Diferencias étnicas en el mercado laboral peruano: un estudio comparativo de brechas de ingreso”, Yamada afirma que la diferencia de sueldos o salarios entre las personas de origen andino y las que no lo son, tiene su origen en la falta de acceso, de los primeros, a la educación.
“Los empleadores buscan personal más calificado y por esto las personas indígenas son las más excluidas, porque no tienen el mismo acceso al sistema educativo que una persona de origen no andino”, explica.
En segundo término, afirma que la ruralidad del ambiente en el que se desenvuelve una persona también influye en la diferencia salarial, porque en el medio rural no existen las facilidades logísticas de ciudades como Lima. Aunque el auge de la agroexportación puede hacer que esta situación de alejamiento se revierta dentro de poco.
Con estas dos variables bien definidas, Yamada afirma que la brecha salarial entre las personas de origen no andino y las indígenas se ha incrementado. “En 1997 era de 49% y en el 2009 los datos afirman que llegó a 53%”, refuerza el investigador de la Universidad del Pacífico.
En su opinión, la solución a este problema de exclusión pasa por fijar políticas de mediano y largo plazo que aseguren una educación bilingüe en los niveles de enseñanza básica. “Ya se ha demostrado que las personas que hablan quechua, aimara u otra de las tantas lenguas que tiene el país, aprenden mejor si les hablan en su idioma”, explica.
También sugiere que se ofrezcan becas o préstamos blandos para que las personas puedan tener acceso a una buena educación y así insertarse mejor en el mundo laboral.
POR EMPRESAS
La discriminación se da en todo tipo de entidades, según afirma Liuba Kogan en su investigación titulada “Discriminación en empresas grandes, medianas y pequeñas”. En ella, señala que las empresas grandes evitan la discriminación en el reclutamiento y selección de personal, pero sucede lo contrario al momento de ascender.
“Los ascensos son un tema complejo, porque parece que no importa la meritocracia, sino ser varón, blanco, de nivel socioeconómico alto, de mediana edad y heterosexual”, explica.
En las empresas medianas, afirma, la discriminación se pone de manifiesto en el reclutamiento al preferir contratar egresados de una determinada universidad, rasgos físicos y género. “En este tipo de empresas declaran brindar iguales oportunidades a hombres y mujeres, pero afirman que cuando una mujer tiene familia ya no es tan productiva”, dice. Mientras que en las pequeñas, la discriminación gira en torno a la edad. “Ellos prefieren gente joven”, comenta.

    La violencia de los palcos

    La violencia de los palcos

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    En el Perú, a las clases altas no les gusta mezclarse con quienes consideran que son diferentes o inferiores. Las playas de la panamericana Sur son un buen ejemplo de ello pues las empleadas domésticas no pueden bañarse en las piscinas de los clubs y, a veces, tampoco en el mar. Los desdichados palcos del actual Estadio nacional son también otro ejemplo: son un remedo público de una práctica privada, un burdo simulacro que, en lugar de instalar prácticas alternativas, reproduce -desde lo público- lo más nefasto de la jerarquización privada.
    ¿Cuáles son las “zonas de contacto” entres las distintas clases sociales en el Perú de hoy? ¿Dónde se encuentran? ¿Dónde comparten algo? ¿Dónde se crea un espacio horizontal donde puedan comenzar a deconstruirse estereotipos mutuos? Estas preguntas me las hice hace poco en el MALI, en la exposición de Szyzslo, un domingo abarrotado de gente y donde efectivamente podía observarse el resumen de todo Perú. Diferentes clases sociales se encontraban ahí, mirando los cuadros, escuchando a los guías, haciendo cola y conversando entre ellas. Esta exposición -notable exposición- ha sido un éxito de gestión cultural pero no solo por la calidad de su curaduría ni por la gran cantidad de gente que ha acudido a verla (creo que nunca hubo en el Perú una exposición de arte tan masiva) sino porque, efectivamente, sus promotores se están esforzando por convertir al museo en un verdadero “punto de encuentro” entre los peruanos.
    Es cierto: los peruanos ya no nos encontramos en las playas, nos peleamos en las pistas, ponemos rejas en las calles, ahora nos encontraremos ya muy poco en los estadios y hace poco nos dimos cuenta que también los mítines políticos han dejado de ser espacios públicos. A pesar de haberse metido al mar de “agua dulce”, PPK distribuyó entradas VIP para su mitin. ¿De dónde viene entonces la violencia en el Perú? ¿Solo de los narcoterroristas, de los asaltantes callejeros y de las barras bravas? ¿Solo del “perro del hortelano” y de la policía? ¿Solo de ahí?
    La violencia es una pulsión que pertenece a la estructura misma del ser humano y todas las culturas la llevan consigo, pero lo cierto es que hay sociedades que la fomentan mucho más, que hacen muy poco por contenerlas y que no aprenden de sus errores del pasado. No se trata de un problema que se solucione solo con medidas jurídicas y con castigos ejemplares. La violencia, en el Perú, es un problema cultural (referido a las relaciones de poder, la permanencia de jerarquías y discriminaciones, las crisis de representación, el permanente autoritarismo) y es el Ministerio de Cultura el que tiene que tomar cartas en el asunto como la institución encargada de intervenir en las intermediaciones simbólicas a fin de modificar la cultura existente. Es triste que no se haya pronunciado. En muchas ciudades latinoamericanas (en Medellín, por ejemplo) las políticas culturales exitosas son aquellas que se concentran no solo en gestionar servicios culturales sino en ofrecerlos para construir ciudadanía, es decir, para generar espacios de visibilidad sobre estado de la convivencia social. Las políticas culturales son siempre pensadas para intervenir en aquellos poderes que segregan, marginan y que generan violencias de todo tipo; se diseñan para construir espacios de reconocimiento mutuo al interior de la heterogeneidad social. En el Perú seguimos muy lejos de aquello y pensamos que solo basta con recuperar las piezas de Machu Picchu.

    La violencia, en el Perú, es un problema cultural y es el Ministerio de Cultura el que tiene que tomar cartas en el asunto como la institución encargada de intervenir en las intermediaciones simbólicas a fin de modificar la cultura existente.

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    La década del los noventas instauró en el Perú un sentido común “anti-estatal” que trajo consigo no solo el intento de privatizar todo lo existente sino de degradar y perder interés por aquello que es colectivo. El desprestigio del Estado ha implicado la degradación de lo público y la pérdida de un sentido de comunidad. Hoy en día los ciudadanos solos nos preocupamos por nosotros mismos y el “otro” siempre es visto como un competidor al que no hay que dejar pasar en las pistas y al que hay que degradarlo o matarlo si es hincha de un equipo diferente. El deterioro de los vínculos humanos en el Perú es cada vez más fuerte en términos de diferencias sexuales, raciales, ideológicas, etc.
    El ingeniero Woodman insiste en que se tomen medidas muy drásticas con él si se encontrara implicado en los malos manejos de la remodelación del Estadio Nacional. Pero, en realidad, las reiteradas acusaciones que han ido en su contra no han estado dirigidas a inspeccionar sus bolsillos sino, sobre todo, a cuestionar culturalmente su posicionamiento servil frente al de ex presidente Alan García. De hecho, nuestra cultura democrática sigue siendo tan precaria que en el último quinquenio hemos observado, con pavor, cómo muchas autoridades optaron por posicionarse ante el presidente como si fuera un monarca al que hay que satisfacer en todos sus deseos. Se trata de las viejas prácticas coloniales que han impedido históricamente la construcción de una ciudadanía plena. Es increíble pero en el Perú, las autoridades elegidas “agradecen” los cargos (como si fueran premios) y los asumen como si la institucionalidad no existiera y se subordinan totalmente.
    Quizá remodelar un Estadio sin un concurso público haya sido mucho más grave que robar. Quizá aprobar un diseño con solo seis carriles en la pista atlética sea algo efectivamente grave. Quizá, en efecto, haya sido muy grave para la cultura democrática en el país ceder a las presiones políticas y no mantener una autonomía técnica. De hecho, ser cómplice de inauguraciones atolondradas (como las del propio Estadio, la de un hospital sin camas, la del Teatro municipal sin baños, la del Teatro nacional sin nada) es algo inaceptable. Quizá, finalmente, haya sido muy grave haber optado por esos palcos, es decir, haya sido realmente grave no haber construido un segundo anillo de tribunas como lo tienen los grandes estadios del mundo y como lo ameritaba un escenario que es público y es de todos. Eso es lo más grave. Me refiero a que en el Perú contemporáneo (cargado ingenuamente de optimismo) seguimos insistiendo en sostener una cultura que continúa idealizando lo privado y desacreditando lo público. Con horror, con mucho horror, bastante de aquello lo hemos visto y vivido esta semana. Todo ello es muchísimo más grave.